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Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan Saramago "El viaje del elefante"

miércoles, 12 de abril de 2017

CUENTOS RAROS: LILI LA PRINCESA DIFERENTE Y LA ACEPTACIÓN.

Cada semana un cuento raro



Había una vez una princesa que vivía en un gran palacio. La princesa se llamaba Lili y estaba rodeada de personas que también vivían en el castillo, entre esa gente estaban su madre y su padre, dos amables soberanos que fomentaban la paz y mantenían buenas relaciones con todos los reinos vecinos, lo que aumentaba los negocios y hacía de su país un lugar próspero.

Pero había una prohibición, y es que en el castillo no había ningún espejo, ni siquiera se permitía el cristal transparente en las ventanas o en la vajilla, todo tenía que tener un suave aire velado, como si la niebla hubiera cubierto los vidrios.

Tal prohibición se extendía a los lugares a los que la princesa Lili acudía, así que si ella salía de su castillo se debía cubrir hasta el último reflejo.

A pesar de todo, eran felices, y es que Lili era especial, diferente, única y sin par, pues era una niña que posaba su mirada en las nubes más blancas durante horas, que necesitaba pasear sentada sobre un trono cubierto de almohadas de colores y un dosel de finas telas con el que cuatro fornidos soldados la desplazaban ya que sus piernas no resistían el peso de su cuerpo, y que cortaba las palabras en pedacitos porque sus pensamientos se escurrían entre sus cuerdas vocales.

Y un día, Lili dejó de mirar las nubes y giró sus ojos hacia una fuente de agua fresca en la que se reflejaban los rayos de sol, las casas que  la rodeaban, los árboles que ofrecían frutas y la misma princesa, que al verse empezó a reír y a reír cada vez más alto.

Sus padres, monarcas justos pero preocupados por su hija, acudieron rápidamente al escuchar sus carcajadas y descubrieron que nunca habían pensado en que el agua refleja igual que un espejo, así que decidieron que prohibieran el agua cristalina y en su lugar se beberían zumos de frutas, tés, infusiones y cualquier líquido que ofreciera una vista opaca. Pero las gentes de su país se enojaron profundamente y con valiosos argumentos les pidieron a los monarcas que recapacitara su nueva ley.
Ambos reyes estaban apesadumbrados pero no querían de ningún modo cambiar su decisión.

Hasta que una mañana fresca de otoño, una familia se acercó hasta el palacio y solicitó audiencia. Los padres de la princesa Lili nunca negaban a sus gentes una visita, así que uno de los consejeros reales acompañó a la familia a la sala de audiencias en la que los soberanos les esperaban.

Al verlos, la madre y el padre de Lili no pudieron ocultar su asombro, pues la familia que tenían delante estaba formada por un padre y dos hijos varones que sujetaban firmemente una silla con dos ruedas a los lados en lugar de patas de madera, y también una madre que adelantaba el paso con una amable sonrisa y un regalo entre las manos muy bien envuelto. En la silla había una niña sentada, de cabellos largos, ojos enormes y pestañas espesas y una sonrisa eterna. La madre de aquella niña, le dijo a los monarcas que era su hija, y que se llamaba Ana, pero que tampoco podía tejer frases enteras, tal y como le pasaba a la princesa Lili. La madre siguió explicando que la joven Ana necesitaba ayuda para desplazarse y que a veces también dejaba su mirada sobre las nubes, las montañas o el mar durante tiempo casi infinito, pero que había algo que la hacía muy feliz y era verse reflejada en los espejos, y sobre todo ver  sus hermanos, a sus padres y a sus amigos tras su reflejo sobre cualquier cristal.

El rey miró fijamente a la mujer y con voz temblorosa le confesó que no querían que Lili sufriera al saberse tan diferente, a lo que la mujer le respondió que Lili era feliz al saberse querida y protegida pero que eran ellos, sus padres, los soberanos, quienes verdaderamente tenían miedo a aceptar la condición única de Lili.

El rey sonrió a la madre de Ana y después habló con la reina, comprendieron ambos cuánta razón tenía aquella familia y entonces, la mujer, les ofreció el regalo. La reina desprendió el papel con delicadeza y vio que el presente era un espejo enmarcado en madera tallada con flores y mariposas, pintada en color verde claro y con el nombre de Lili marcado a fuego sobre el mango por el que se sujetaba.

Fue entonces cuando los reyes mandaron a buscar a la princesa.


Cuando la joven llegó a la sala de audiencias, el rey puso el espejo frente a su carita redonda y Lili volvió a reír, pero su risa aumentó cuando tras su imagen apareció la de su madre la reina y después la de su padre. Los tres comenzaron a reír y a jugar y así fue como en palacio los espejos volvieron a brillar y reflejar a todo aquel que quisiera ver, aceptando pero sin resignarse, disfrutando de los buenos  momentos sabiendo siempre hay alguien que nos acompaña.

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